domingo, 7 de febrero de 2010
Viva el cambio
El cuento era simple: Había sido seleccionada para ser profesora por dos años en una escuela de Puente Alto, comuna ubicada al sur de Santiago, a la que el resto de la ciudad llama despectivamente “Puente Asalto”. Uf.
No sabía a lo que me enfrentaba. Llegué el domingo 3 de enero al Canelo, perdida, con una maleta prestada y con mucho calor. Me dieron un kilo de papeles, me explicaron que compartiría cabaña con cinco chicas más y luego me llamaron para la cena.
Durante la comida, comenzamos tímidamente a conversar. Uno dijo que quería tener un colegio y que por eso estaba ahí. Otro, señaló que para él era un experimento esto de ver si conseguía sacar algo en limpio de estudiantes a los que nadie les tiene fe. Algún valiente se lanzó con la palabra “misión”.
Yo, en tanto, escuchaba y preparaba mi respuesta. Pero no es fácil explicar por qué tomé esta decisión. No me siento santa, ni mártir. Es un trabajo difícil, pero tampoco digamos que me voy a convertir en una especie de heroína del pueblo. No.
Entonces, ¿Por qué estoy aquí? “Emmm, bueno, me parece que a través de la educación es posible hacer un cambio social importante, porque creo que es la herramienta de movilidad social más potente…etc,etc”. Pasé la prueba, aunque interiormente dudaba de mis razones para estar ahí.
Durante la segunda semana el recuento iba así: ya había pasado por dos crisis de llanto, un intento de deserción, y tres discusiones con mis compañeros de encierro; una a los gritos y dos más calmadas. Mi círculo de amigos se estaba aburriendo de mis historias sacadas de manicomio. Mi madre me preguntó un día “¿Quieres renunciar? Yo te apoyo”. Tanta era la carga de trabajo y la responsabilidad de tener que hacerlo todo perfecto que hasta extrañé las largas jornadas de los viernes en La Tercera: Allí por lo menos nos dábamos un rato para pedir comida por teléfono y reírnos de lo que pasaba a nuestro alrededor, desde la última locura de Chávez hasta la muerte tan bizarra de Michael Jackson. Allí no había quien se creyera perfecto. Acá, en este reality de los nerds, nadie rió durante las primeras dos semanas. Nadie vio las noticias, nadie se atrevió a salir del molde: despertar a las 6 de la mañana y trabajar sin parar hasta las 2 am.
De a poco, empezaron a aparecer los seres humanos tras esas máquinas de planificar. Apareció Magaly, la chica mapuche de Valdivia que dejó a su hijo de un año y medio en casa esperándola. Eduardo, chillanejo esforzado, que tuvo que demostrarle a su padre que sacar 690 puntos en la PSU (de un total de 850) no era malo, más aun si nunca se preparó para la prueba.
Aparecieron mis alumnos. Historias de malos tratos, de sueños y de luchas por salir de la inercia en la que te mete la pobreza. Cuando empecé a percibir ese tipo de historias, a escucharlas y a verlas, sentí que todo valió la pena. Decidí terminar el maldito encierro de un mes, y ojalá con una sonrisa. Y resultó, a pesar de las ojeras crónicas que me dejó la experiencia.
lunes, 1 de febrero de 2010
Escuela de Verano
Cristóbal tiene 16 años y cursará por segunda vez el segundo medio. Su técnica de supervivencia en el colegio es copiar. No pasa piola: ya ha sido expulsado de un liceo y en el que está actualmente ya fue suspendido por poner una bomba de ruido en el basurero. "No fue terrorismo, tía, fue puro hueveo", me aseguró hace un par de días, cuando me contaba su historia.
Hace tres semanas, Cristóbal era un extraño para mi. Un extraño de temer: vestido de punk y con corte de pelo mohicano, se divertía dibujando símbolos nazis en las pruebas.
No se bien qué pasó. Un día Cristóbal tuvo un ataque de risa incontrolable y la profesora Estefany, mi compañera de Lenguaje, lo sacó al pasillo. Le dijo "Hagamos un compromiso: si mañana llegas a las 8.30 con un libro para leer conmigo, entenderé que estás comprometido". Cristóbal no sólo llegó ese día, sino todo el resto del curso de tres semanas, con un libro bajo el brazo. Fue uno de los tres alumnos que nunca faltó a clases.
Al final del curso de tres semanas, no podía entener mi ceguera al verlo como una amenaza. Menos aun cuando sonreía: tenía una mirada como de pajarito, y una sonrisa tímida. Le temblaban un poco los labios: parecía haber perdido esa costumbre de reír ante un profesor o incluso ante cualquier adulto.
En una de las clases, los alumnos debieron escribir en un post-it cuáles eran sus metas para el resto del año. Cristóbal escribió: "Quiero pasar de curso con promedio 6..... y quiero irme luego a almorzar porque tengo hambre!" Algo es algo, pensé.
El último día de clases, Cristóbal estaba sentado en la orilla de la cancha donde el resto de sus compañeros jugaban la última pichanga de la escuela de verano. Me senté a su lado. Conversamos de cualquier cosa. Luego de tres semanas, dos perfectos desconocidos son capaces de hablar de trivialidades como el fútbol y los programas de televisión, eso no es extraño. Sin embargo, pasado el momento de frivolidad, empezó a contarme de su vida, de cómo sobrevivir en un barrio asediado por el narcotráfico, de las veces que lo habían asaltado. Cuando comenzó su relato, vi en sus ojos una mirada de adulto, casi diría que de anciano resignado y conocedor de la vida. De la vida que le tocó. Y yo me convertí en una niña que no sabe nada de lo que pasa allá afuera.
Llegó el bus que recogía cada tarde a los estudiantes. Nos despedimos. "Que te vaya bien, mucha suerte, espero que nos veamos". No nos veremos más.
Del baúl de los recuerdos
Despectivamente se les conoce como “escuelas basurero”. Reciben a todos los alumnos expulsados de colegios más tradicionales. Sus profesores, además de pasar las materias, deben reconstruir la dignidad de los niños y jóvenes que están fuera de los sistemas formales de enseñanza.
La Nación
Katerinne Pavez
El colegio Emaús de Maipú podría ser como cualquier otro. Pertenece a la municipalidad y recibe una subvención por sus alumnos.
La diferencia es que atiende a 68 niños y jóvenes, entre séptimo básico y cuarto medio, que han sido expulsados de todos los demás establecimientos. Problemas de delincuencia, drogas, embarazo precoz o mala conducta “crónica” los hicieron caer en un sistema escolar que los acoge también emocionalmente. Son niños que provienen de familias “donde los maltratan mucho, están abandonados, tienen muy baja autoestima”, señala Iris San Juan, la directora del escuela Emaús.
El establecimiento fue creado el año 2002, pero fue reconocido el 2004, y sólo el séptimo y octavo. Durante los primeros dos años la situación era muy distinta a la actual: el lugar estaba siempre rayado y sucio, los jóvenes se escapaban y provocaban disturbios en las afueras del establecimiento, los vecinos se sentían amenazados. El Colegio Emaús es en realidad una casa remodelada, que está en medio de un sector residencial. Por esto, han tenido que luchar contra la estigmatización de la que son objeto por parte de los vecinos, los que incluso han pedido que se cierre o se traslade.
A estas escuelas, incluso en círculos académicos, se las conoce como “escuelas basurero”: se hacen cargo de todo aquel que es rechazado en otras instancias de enseñanza.
Es difícil saber cuántas de ellas funcionan de manera formal. Esto, porque su existencia depende de si el municipio está interesado en recuperar a estos jóvenes, invirtiendo dinero de otros lados. Porque con tan pocos alumnos y con tantas necesidades especiales, el financiamiento por subvención no alcanza. Sin embargo, se sabe que son iniciativas aisladas, ya que el Mineduc fomenta programas fuera del ámbito formal de enseñanza (ver recuadro).
Difícil reinserción
“Una vez, llevamos a una niña de vuelta al colegio donde estaba, para que pudiera seguir sus estudios normalmente. Pero cuando entramos, una profesora le dijo ‘Y tú, ¿Vienes de nuevo a robar?’ Con ese tipo de violencia hacia ellos, es muy difícil reinsertarlos en escuelas más grandes” relata Iris.
Es algo con lo que concuerda Magali Catalán, directora del Programa de Desarrollo Humano de la Universidad Diego Portales. Ella trabajó en un programa de reescolarización en La Legua y sólo tiene recuerdos positivos de esa experiencia. Muchos niños y jóvenes pudieron certificar estudios, mediante la rendición de exámenes libres. Sin embargo, dice que el sistema formal no está preparado para hacerse cargo de esta realidad. “Nuestro esquema de enseñanza formal está basado en una disciplina estricta y en la selección de los mejores. Mientras esto sea así, no hay espacio para estos niños. Además, al ser menores vulnerables, son más caros de educar “No sé si una escuela normal pueda tener un equipo multidisciplinario a cargo de un grupo de menores con problemas”. Magali cree que el problema de fondo es que el sistema educativo no está diseñado para hacerse cargo de los niños que no encajan. Y que por esto, existe la necesidad de lugares especiales. Además, estos niños cargan con una hoja de antecedentes que atemoriza y predispone a los profesores.
Algo que en Maipú saben. “Nos cuesta reinsertar a los niños en la misma comuna. Pero en otras, hemos tenido éxito. Tenemos dos estudiantes de gastronomía, algunos han ido a la universidad, otros han formado su familia y tienen buenos trabajos”, sostiene con orgullo Iris San Juan. Ella y sus profesores apuestan a conseguir logros educativos, aún en los casos más adversos. Todo, porque dicen que ninguno de ellos sale igual que como entró. “No se sacan puros sietes, pero obtienen dignidad”, dice Iris.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Por qué me voy a hacer clases
Mi madre era profesora, por lo que desde niña me vi rodeada de libros y de gente con coversaciones interesantes. Cuando debía esperar a que saliera de su trabajo me iba a la biblioteca de la Tía Ana María, que a los 11 años me tenía leyendo Los Miserables, de Víctor Hugo. En mi barrio, no había niños a los que les gustara leer. Muchos tenían problemas serios debido a la pobreza. Debían hacerse cargo de sus hermanos, trabajar en las faenas del campo en los veranos y mojarse con mangueras para pasar el calor, o meterse a la "ducha", que era un cuarto en el patio cubierto de sacos de plástico con una manguera arriba. Cuando jugábamos a las muñecas, teníamos que compartirlas. Cuando se acababa el día, jugar con velas porque mis amigas no tenían luz eléctrica.
Cuando me alcanzó la adolescencia, me daba rabia que la gente fuera tan pasiva. Que no viera más allá de sus narices. Me sentía superior, sólo porque pensaba que había un futuro más allá de las típicas ocupaciones de mi pueblo. Por supuesto, era orgullosa y tenía pocos amigos. Mis amigas de infancia comenzaron a embarazarse. Mi rabia contra ellas se incrementaba porque no entendía, no me cabía en la cabeza que no tuvieran expectativas.
Pos suerte, la adolescencia se me pasó. Y ahora, con 26 años, luego de estar cuatro de ellos trabajando en medios de comunicación cubriendo las noticias (casi siempre malas noticias) de educación, me siento culpable por haber pretendido pasar piola por la vida.
Me acuerdo de mis amigas, de ese pueblo cubierto por el polvo. Pienso en todas esas niñas y niños que pareciera que tienen el destino escrito por otros. Que desde que entran a la escuela están condenados o bendecidos, según sea el presupuesto que sus padres tengan para pagar por su educación. ¡Por plata!
Y me da rabia, ya no con ellos ni con su ignorancia y falta de expectativas, sino conmigo y con todos los que hemos podido educarnos un poco más para pensar en estas cosas.
Por eso renuncié al diario donde estuve por dos años, en un puesto cómodo y bastante bien remunerado. Y me iré a una escuela a aprender y enseñar Lenguaje a jóvenes de enseñanza media.
No es que me sienta iluminada ni nada por el estilo. Soy un simple ser humano. No he ganado nada, ni le he ganado a nadie. Admiro a quienes sí lo han hecho. Sólo se que quiero recuperar el tiempo perdido. Quiero lograr que quienes sean mis alumnos crean en ellos mismos. Puede que sea tan difícil, que me den ganas de renunciar. Puede que sea tan poco el impacto, que sólo sirva para que uno de ellos se acuerde alguna vez que hubo una profesora que le dijo que podía ser el mejor si se lo proponía...y luego se rían de tal atrevimiento.
No me importa. Tengo confianza, tengo ganas, tengo fuerzas. Siento que soy capaz de hacerlo, y lo haré por todas esas amigas de infancia, por los compañeros de curso del colegio de Pichidegua que tuvieron una historia tan distinta a la mia, lo voy a hacer por mi tía de la biblioteca, que murió de un cáncer antes de que alguien pudiera darse cuenta de que era una heroína de la vida cotidiana. Lo voy a hacer, así pasen los años y alguien me diga "era sólo una locura de niña joven e inconciente, menos mal que entendiste que el mundo no va a cambiar".
domingo, 13 de diciembre de 2009
Olla de grillos en la cabeza
Ya hice mi rayita
lunes, 23 de noviembre de 2009
La casa nueva
Uno de los muebles es un escritorio, pero lo único que remite a su uso original es que el computador portátil está sobre él. Pero también hay una plancha, un secador de pelo, un costurero que antes era sólo una caja donde venía un vino, un bolso con cremas para la cara y las manos y papeles. Muchos papeles. También los libros y discos.
El edificio donde se ubica esta habitación da a calle Lira, en Santiago Centro. Hasta hace menos de un año era una calle tranquila, sin ruidos exagerados. Pero la ensancharon y hoy es una de esas calles donde se hacen atochamientos en la mañana y en la tarde, con bocinazos, motos que se enrogullecen de despertar a los vecinos con sus tubos de escape y de vez en cuando, unas bicicletas suicidas.
Los arquitectos de este edificio, previendo el caos de allá afuera, pusieron ventanas que aíslan el ruido. Algo se escucha, pero no se compara con lo que se oye cuando se abre la ventana. Cosas como ésta, más la alfombra del piso y lo nuevo del departamento, hacen que la habitación sea pequeña, pero cómoda.